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martes, 23 de agosto de 2011

Permacultura

Supongo que volver a vivir en Asturias tiene mucho que ver con el descubrimiento del concepto de permacultura. Pasé parte de mi infancia en un medio rural, en el cual llevar una vida ecológica es mucho más fácil. De hecho, la fuerte conexión con la naturaleza que existe en esta región, hizo que desarrollase un gran interés por el ecologismo desde muy pequeña (que posibilitaron mis padres, mi educación y Los Simpsons con su capítulo en el que Lisa se sube a una secuoya emulando a Julia Butterfly Hill). No tengo muy claro que en mi casa se redujese el consumo como modo de vida ecológico, pero lo cierto es que siempre se han restaurado muebles, comido productos biológicos que los propios agricultores nos regalaban, hecho nuestro propio huerto e incluso lavado la ropa con jabón natural que hacía mi abuela.

La permacultura no es una ideología o una secta, es un estilo de vida que más allá de la ecología, pretende cuidar de la naturaleza, de las personas y de las relaciones entre los elementos. No cree el mundo como una serie de elementos individuales, sino como un sistema en su totalidad. Ni siquiera cree en una doctrina a seguir ni en jerarquía académica, cualquiera puede enseñar las bases de la permacultura una vez conoce sus ideas de (casi) autosuficiencia y respeto por el medio ambiente.

Pero además de la ecología, lo más interesante de la permacultura es que propone infraestructuras sociales alternativas como respuesta a la crisis ambiental y social actual. Aunque este concepto aparece de la mano de Bill Mollison y David Holmgren, dos biólogos de Tasmania en los años 70, en la actualidad las oportunidades de teletrabajo y la comunicación vía Internet, dan lugar a nuevas formas de vida en el medio rural que anteriormente no eran posibles. Desde el punto de vista social, la permacultura se encuentra muy relacionada con la idea del decrecimiento, pues una mayor calidad de vida no tiene por qué estar directamente relacionada con un mayor consumo de recursos. Para ello, habría que adaptar el pensamiento y sistema de valores imperante, que cree en la necesidad de una producción constante que posibilite un mayor consumo, hacia la ecoeficiencia y la simplicidad. Esto no significa la vuelta al primitismo o renunciar a muchas de las facilidades que nos proporcionan la evolución tecnológica. De hecho, encuentro muchas similitudes entre la filosofía de la permacultura y el decrecimiento, y el software libre, en especial el espíritu en cierto modo “punk” del DIY (Do it yourself o hazlo tú mismo). Evitar la lavadora, el ordenador y otras herramientas que facilitan nuestro día a día, me parecería una idea maniqueísta y simplista.

Es cierto que la vida en el medio rural hace mucho más fácil una vida sencilla y ecológica, pero no creo que deba quedar excluida en las ciudades. El empleo de la bici como modo de transporte, los huertos urbanos, la reducción del consumo, en general, no suponen un gran esfuerzo y que, considero, mejoran nuestra forma de calidad de vida.

(Imagen tomada de SteamPatchCompany)

miércoles, 4 de mayo de 2011

Huertos urbanos y ecología

He decidido crear mi propio huerto urbano.

Habiendo crecido en un medio rural, he tenido un contacto bastante directo con la naturaleza. Desde pequeña me he sentido interesada por la ecología de manera inconsciente y no ha sido hasta bien mayor cuando me he dado cuenta de este interés. Como suele pasar, algo que se lleva interiorizado es muy difícil de ver por nosotros mismos. Fue al mudarme a una ciudad grande como Madrid, cuando me di cuenta del verdadero consumo que realiza la sociedad en la actualidad y el derroche de recursos imperante.

Cuando le comenté a mi madre la idea de hacer un huerto urbano en mi terraza, su respuesta fue “no puedes pretender llevar una vida rural en una ciudad”. Está claro que no, pero eso no significa que no existan muchas acciones paralelas posibles. El año pasado, el estadounidense Colin Beavan publicó su libro “No Impact Man” que recopilaba lo mejor de su blog en el que había ido relatando todo el desarrollo del proyecto “No Impact Project”. Esta iniciativa se caracteriza por intentar causar el menor daño posible a la tierra en nuestro día a día. El libro es altamente recomendable pues no se trata de una simple lección de ecología y ataque al consumo masivo: Colin cuestiona las preferencias en nuestra vida y los modus operandi que han sido impuestos por los sistemas neoliberalistas. Entre otras cosas, descubrió que trabajaba demasiado para conseguir ganar un dinero que no necesitaba, y que ese tiempo prefería disfrutarlo en compañía de su hija. También descubrió que la bicicleta puede ser el mejor transporte para moverse por la ciudad de Nueva York y que prescindir de los ascensores le estaba haciendo ganar en salud.

Sin embargo, lo que más me impresionó en la lectura de este libro es aquello que jamás me había planteado: El impacto ecológico que provoca el transporte de los cultivos, debido a la deslocalización de la producción y a la explotación de mano de obra barata. Ni Colin ni yo somos los primeros en plantearnos este enorme gasto, derivado de una práctica no mucho más ética. Desde hace unos años, el movimiento Transition Town intenta desarrollar ciudades más ecológicas y, sobre todo sostenibles, en vistas a la gran dependencia que existe en la actualidad de los combustibles fósiles en peligro de extinción. Mediante iniciativas locales se pretende llegar a una mejor calidad de vida, más respetuosa con el medio ambiente y con las personas. Otro movimiento que antecede a los huertos urbanos, cada día más comunes, es el green guerrilla, el cual se ha desarrollado en diversas partes del mundo, y que empezó ocupando los jardines públicos, en especial abandonados, para el cultivo de plantas y hortalizas (en la actualidad cuenta con una organización propia). Todos estos movimientos tienen en común la búsqueda de una economía local basada en modos sociales colaborativos y un cambio en el modus vivendi: la ecolocalidad (pensar localmente para actuar globalmente). Estas iniciativas han logrado una mejoría y desarrollo de algunos barrios, como es el caso del Solar de Lavapiés, que pasó de ser un huerto colectivo a un lugar de encuentro y asambleario para sus vecinos.

No sé lo que deparará a mi pequeño huerto. Por ahora, he plantado tres tomates y un calabacín. Estoy buscándoles nombre aún, aunque mi compañera de piso me ha dicho que sería “como comerme a mis nietos” en el caso de que den frutos. Mi intención es que sea totalmente ecológico, por lo que estoy reutilizando materiales y he adquirido todo lo necesario en empresas y agricultores locales. La preparación de un huerto urbano es bastante sencilla, tan sólo es preciso tener un lugar en el que dé la luz al menos 5 o 6 horas diarias (como una terraza, balcón o un patio), pequeñas nociones agrarias (que se pueden encontrar fácilmente por Internet) y empeño.

En mi caso, he utilizado botellas de dos litros que he encontrado por mi casa cortadas por la mitad y agujereadas en la base (para el drenaje). Además, he comprado una pequeña pala para la tierra (1,5 euros) y turba fertilizada (1,5 euros, también). Las cuatro plantas me costaron 1 euro en total en el mercadillo local, en el que no sólo ahorré y encontré lo que quería, sino también disfruté de la cordialidad del agricultor que me comentó que si no conseguía cosecha, siempre podía ir a comprar a su puesto.

Una de las botellas que se han convertido en macetas


Pala y turba fertilizada