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miércoles, 16 de mayo de 2012

Motivos para salir a la calle

Salí a la calle el pasado día #12M y también el #15M del año pasado, salgo a la calle cada manifestación, incluso salgo a la calle para otras cosas, pero sabéis a lo que me refiero. Salí a la calle porque no estoy de acuerdo con lo que me prometieron, con lo que se supone que tengo que hacer, o con lo que existe.

No estoy de acuerdo con la reducción de la inversión en educación, con la creación de bachilleratos de excelencia, ni con la crítica a estudiantes por sus calificaciones, como si por ser de izquierdas, rindiésemos menos en nuestros estudios. Cada día creo menos en el sistema académico, pero ¿por qué debería creer en él? Si está obsoleto, no es justo ni equitativo, no existe igualdad de oportunidades para su acceso, e incluso cuando este acceso es un problema, mayor aún es su salida. Supone una gran decepción en mi vida, creédme.

Estoy decepcionada por la reducción de la inversión en sanidad, por la eliminación del seguro sanitario a los mayores de 26 años, por la privatización de hospitales. Por esa criminalización de señores mayores e inmigrantes que llenan las listas de espera. ¿Qué me decís de las mil y una revisiones que se exigen al año? Me parece la propia desnaturalización de nuestro cuerpo y la dependencia de la "sanidad", esa sanidad que te abronca si tienes algún accidente con métodos anticonceptivos o si has asumido un riesgo en tu salud. Soy defensora de la prevención, pero la prevención no debería exigir una dependencia de las instituciones médicas, ni de laboratorios farmacéuticos.

Estoy enfadada con la pretensión de culpabilizar a la población porque "vivieron por encima de sus posibilidades", aquellos mismos que decían que alquilar era tirar el dinero y que una propiedad era una inversión de futuro (¿Qué futuro? ¿Dónde está ese futuro del que se hablaba?). Aquellos mismos que crearon dinero irreal, imaginario, que necesitaron la inversión de los Estados, para salvar ("rescatar") a los que estaban estafando.

Me enerva la idealización de otros países por su productividad y su solvencia, cuando no existe sostenibilidad. Cuando no existe un respeto al medio ambiente. Me saca de mis casillas que los valores que se defiendan y premien sean el ser "un buen profesional", "emprendedor", "una persona de éxito". Recuerdo aquella época en la que se trabajaba para comer, y no para malcomer, en la que en las entrevistas de trabajo se preguntaba por "hobbies y aficiones" y no era estrictamente necesario que tu vida sólo se dedicase al trabajo.

Me indigna que siga existiendo machismo. Que se crean progres aquellos que incrementan leyes de discriminación positiva, cuando no existe ni igualdad de oportunidades y sí un patriarcado. El capitalismo es machista, porque no es horizontal pero sí paternalista. El capitalismo vende la idea de que la mujer será más libre si no tiene hijos, y puede trabajar. La mujer será libre si la mujer elige y si tiene oportunidad, ese debería ser el principio fundamental. La mujer será libre si no sufre acosos ni discriminación en su trabajo, si puede elegir cuándo ser madre, si no es dependiente y si no tiene que actuar de forma "femenina", sino según su personalidad (femenina, masculina, trans, bisexual, etc).

Me molesta que se impida acampar en las plazas o resistir pacíficamente. Me intranquiliza la pretensión de provocar miedo a la población, porque veo a jóvenes y mayores que me dicen que tenga cuidado cada vez que salgo, que se creen parte de las noticias que saben que no son verdad, que tienen miedo a las drogas, a los yonquis, a los hackers, que defienden la vigilancia por la seguridad, pero no tienen miedo al sistema. Pero bueno, un tal Noam escribió un libro entero sobre ello con una mejor capacidad de discurso que la mía.


miércoles, 4 de mayo de 2011

Huertos urbanos y ecología

He decidido crear mi propio huerto urbano.

Habiendo crecido en un medio rural, he tenido un contacto bastante directo con la naturaleza. Desde pequeña me he sentido interesada por la ecología de manera inconsciente y no ha sido hasta bien mayor cuando me he dado cuenta de este interés. Como suele pasar, algo que se lleva interiorizado es muy difícil de ver por nosotros mismos. Fue al mudarme a una ciudad grande como Madrid, cuando me di cuenta del verdadero consumo que realiza la sociedad en la actualidad y el derroche de recursos imperante.

Cuando le comenté a mi madre la idea de hacer un huerto urbano en mi terraza, su respuesta fue “no puedes pretender llevar una vida rural en una ciudad”. Está claro que no, pero eso no significa que no existan muchas acciones paralelas posibles. El año pasado, el estadounidense Colin Beavan publicó su libro “No Impact Man” que recopilaba lo mejor de su blog en el que había ido relatando todo el desarrollo del proyecto “No Impact Project”. Esta iniciativa se caracteriza por intentar causar el menor daño posible a la tierra en nuestro día a día. El libro es altamente recomendable pues no se trata de una simple lección de ecología y ataque al consumo masivo: Colin cuestiona las preferencias en nuestra vida y los modus operandi que han sido impuestos por los sistemas neoliberalistas. Entre otras cosas, descubrió que trabajaba demasiado para conseguir ganar un dinero que no necesitaba, y que ese tiempo prefería disfrutarlo en compañía de su hija. También descubrió que la bicicleta puede ser el mejor transporte para moverse por la ciudad de Nueva York y que prescindir de los ascensores le estaba haciendo ganar en salud.

Sin embargo, lo que más me impresionó en la lectura de este libro es aquello que jamás me había planteado: El impacto ecológico que provoca el transporte de los cultivos, debido a la deslocalización de la producción y a la explotación de mano de obra barata. Ni Colin ni yo somos los primeros en plantearnos este enorme gasto, derivado de una práctica no mucho más ética. Desde hace unos años, el movimiento Transition Town intenta desarrollar ciudades más ecológicas y, sobre todo sostenibles, en vistas a la gran dependencia que existe en la actualidad de los combustibles fósiles en peligro de extinción. Mediante iniciativas locales se pretende llegar a una mejor calidad de vida, más respetuosa con el medio ambiente y con las personas. Otro movimiento que antecede a los huertos urbanos, cada día más comunes, es el green guerrilla, el cual se ha desarrollado en diversas partes del mundo, y que empezó ocupando los jardines públicos, en especial abandonados, para el cultivo de plantas y hortalizas (en la actualidad cuenta con una organización propia). Todos estos movimientos tienen en común la búsqueda de una economía local basada en modos sociales colaborativos y un cambio en el modus vivendi: la ecolocalidad (pensar localmente para actuar globalmente). Estas iniciativas han logrado una mejoría y desarrollo de algunos barrios, como es el caso del Solar de Lavapiés, que pasó de ser un huerto colectivo a un lugar de encuentro y asambleario para sus vecinos.

No sé lo que deparará a mi pequeño huerto. Por ahora, he plantado tres tomates y un calabacín. Estoy buscándoles nombre aún, aunque mi compañera de piso me ha dicho que sería “como comerme a mis nietos” en el caso de que den frutos. Mi intención es que sea totalmente ecológico, por lo que estoy reutilizando materiales y he adquirido todo lo necesario en empresas y agricultores locales. La preparación de un huerto urbano es bastante sencilla, tan sólo es preciso tener un lugar en el que dé la luz al menos 5 o 6 horas diarias (como una terraza, balcón o un patio), pequeñas nociones agrarias (que se pueden encontrar fácilmente por Internet) y empeño.

En mi caso, he utilizado botellas de dos litros que he encontrado por mi casa cortadas por la mitad y agujereadas en la base (para el drenaje). Además, he comprado una pequeña pala para la tierra (1,5 euros) y turba fertilizada (1,5 euros, también). Las cuatro plantas me costaron 1 euro en total en el mercadillo local, en el que no sólo ahorré y encontré lo que quería, sino también disfruté de la cordialidad del agricultor que me comentó que si no conseguía cosecha, siempre podía ir a comprar a su puesto.

Una de las botellas que se han convertido en macetas


Pala y turba fertilizada