Siendo la precariedad un tema de actualidad, desde hace unos
años, o incluso décadas, últimamente he estado reflexionando sobre lo que este concepto supone para el individuo. Debido a su naturaleza social, nunca me había planteado (ni tampoco existe
mucha información al respecto) lo que la precariedad puede suponer desde un punto de vista personal. Como si la sociedad no estuviese formada por individuos.
No me refiero sólo a la precariedad relacionada con un
salario incapaz de satisfacer las necesidades mínimas (o vitales), sino también en las malas condiciones laborales, la absorción de la
vida personal por la laboral, el desempleo o la falta de reconocimiento de los
méritos. Todas estas situaciones desembocan en la autoculpabilidad.
La incapacidad de encontrar trabajo, por ejemplo, provoca inseguridad y depresión, en la que el individuo se cuestiona si se han tomado las elecciones correctas
a lo largo de la vida. Se produce una incertidumbre tanto hacia el futuro, por
la inestabilidad económica, local (si se podrá seguir
viviendo en la misma ciudad), e incluso sentimental (por ejemplo, la capacidad
de tener hijos en un futuro), como hacia el pasado, cuestionándonos si hemos
hecho lo correcto.
Me parece increíble como siendo un problema de la sociedad y del
sistema económico, debido a su incapacidad de asimilar trabajadores si se quiere
seguir teniendo beneficios (económicos, claro), después una etapa de sobreproducción y
sobrecrecimiento, desemboque a título personal en la asunción de culpa en uno mismo,
en cierto modo debido a los mensajes que se reciben desde la infancia: adquirir una buena
preparación, estar bien cualificado, ser un buen profesional, emprendedor,
competitivo, asimilar bien el estrés (¡!), ser dedicado… dando lugar a la producción y su consecuente consumo. ¿Pero qué ocurre cuando no existe esa
capacidad de consumo?
No sólo se produce una recesión económica en términos
generales (según la teoría capitalista y neoliberal), también una
falta de integración de aquellos que no se ven capacitados para asumir ese
consumo, que es el que dictamina el status social, en cierto modo. Se crea una
fragmentación de la sociedad, la creación de clases sociales y, sobretodo,
élites de todos los tipos: económicas, educativas, culturales… Esa marginalidad desarrolla falta de seguridad y autoconfianza en las personas, e incluso miedo
a perder lo poco que se tiene. De este modo podríamos explicar la subida de la
popularidad (y votos) de partidos conservadores y neoliberales en las clases trabajadoras.
Unido al miedo, falta de autoestima y culpabilidad se encuentra la
pérdida de la identidad: incluso en el lenguaje se introduce una
definición de uno mismo a partir del trabajo y la vida profesional. La pregunta “¿Y tú qué
eres?” sólo espera una respuesta enfocada al mundo laboral (se suele
responder con la profesión o el trabajo que se está desempeñando en ese
momento). Desde mi punto de vista, no sólo se produce esta falta de identidad
en el momento que no se tiene trabajo o el trabajo se encuentra fuera de “la
carrera profesional”, sino también cuando el empleo no resulta satisfactorio a modo personal. Por ello, considero muy importante reivindicar la importancia de las aficiones, el tiempo
libre y actividades paralelas al empleo como definición de la
persona, ya que no sólo pueden servir como vía de escape sino también cómo autodefinición
y satisfacción personal. He aquí el punto de confrontación: En un sistema en la que la vida se ve absorbida por el trabajo, ¿cómo se puede desarrollar una autodefinición personal a partir del tiempo libre?