miércoles, 22 de enero de 2014

Locura de amor romántico

 Cada vez que relaciono el amor romántico con el feminismo, alguien arquea una ceja. Algunxs dicen que no es el amor romántico en sí el problema, sino que se sitúa dentro de todo un marco sexista y machista que se ha apropiado de ello, aunque yo considero que la configuración originaria es de por sí, sexista, machista, individualista, maniqueísta, desesperante, consumista y que nos consume, egoísta y muy peligrosa. Tal vez exista la posibilidad de configurar otro tipo de amor romántico igualitario y que nos haga crecer, pero hay que escapar a un sin fin de estímulos y normas preestablecidas en cuanto a lo que el amor significa. Contratos sociales sobre lo que está permitido y lo que se debe hacer y lo que no… ejercicio nada fácil.

Es muy fácil caer en las redes del amor romántico: está en todos lados. En la publicidad, películas, series, libros, revistas… en cualquier mensaje que vamos recibiendo a lo largo del día, sea escrito, auditivo o visual. Si no, haced el experimento. Intentad escapar, durante un día, de cualquier mensaje de amor romántico. Es muy difícil, siempre está ahí, acechando. Y pensábamos que cumplir el Test Bechdel era una utopía.

Una comedia romántica (CARTEL SIN DESPERDICIO) como tantas otras, que deberíamos quemar para poder ser todos felices

Ni siquiera su propia definición es sencilla ni yo soy ninguna experta en el tema (no como Coral Herrera, de cuyo blog El rincón de Haika y publicaciones he obtenido información de gran valor, ¡animaos!), pero me remitiré a citar a la Wikipedia:

El amor romántico es uno de los modelos de amor que fundamenta el matrimonio monogámico y las relaciones de pareja estables de las culturas modernas, principalmente las occidentales.

La propia Wikipedia también cita las palabras de Pilar Sampedro:

Algunos elementos son prototípicos: inicio súbito (amor a primera vista), sacrificio por el otro, pruebas de amor, fusión con el otro, olvido de la propia vida, expectativas mágicas, como la de encontrar un ser absolutamente complementario (la media naranja), vivir en una simbiosis que se establece cuando los individuos se comportan como si de verdad tuviesen necesidad uno del otro para respirar y moverse, formando así, entre ambos, un todo indisoluble.

Esta primera definición asusta. El amor pasa de ser aquello que nos debe hacer felices a lo que nos hace infelices, lo que nos crea nuevas necesidades, dependencias, problemas e incluso una especie de enfermedad. En la que además, no podemos ayudarnos los unos a los otros, ya que el amor es cosa de dos, es egoísta, promete un mundo mucho mejor pero sólo para la pareja. Una cosa “de dos” en la cual cada miembro tiene que renunciar a todo por amor. Con lo cual, es una pareja centrada en la pareja y sólo para la pareja, ¡todo por la pareja!. ¿? El resto de la vida y del mundo pasa a un segundo plano, por lo que carece de alguna importancia si eres feliz en tu relación amorosa estable y monógama.

Sinceramente, no prestaría tanta importancia a todo esto del amor, si no fuese por cómo siento que me oprime y oprime a todas las mujeres. Desde pequeñas recibimos mensajes sobre la necesidad de encontrar novio (porque el amor romántico es heteronormativo), que no podemos descuidarnos o “nadie nos querrá”, que seremos princesas y vendrá un príncipe que nos salve. Más allá de que el sistema monárquico no es que sea mi favorito, el rol de agente pasivo que se nos otorga a las mujeres en el amor, me enerva. Me enfada que tengamos que el hombre se decida a entrarnos, que no podamos mostrar interés activo porque no seremos interesantes, y que tengamos que ser sumisas y no contestar, pues mujer que contesta, molesta y tiende a ser tachada de histérica (en el S.XXI). Por no entrar ya en los problemas que conlleva no ser monógama o los clásicos estigmas de las mujeres liberadas o libertinas, según se mire.

Tampoco me importaría de esta forma si no me condicionase tanto emocionalmente. Y aunque esto es tal vez abrirme mucho en público puedo declarar que soy más feliz cuando estoy soltera. Incluso he llegado a manifestar que nunca querría tener pareja estable, con la consecuente sorpresa de las personas que me rodean que, con su palmadita en mi espalda me decían: “no seas boba, no quieres envejecer sola”. ¿Sola? ¿Quién ha dicho “sola”? ¿Por qué estar soltera equivale a estar sola? ¿Qué hay de la amistad, las familias ya forjadas y las posibles familias creadas en un futuro sin necesidad de una pareja? ¿Qué hay de las mascotas, los compañeros de trabajo o de lucha, de deportes, de aficiones? ¿No cuentan? ¿No acompañan? ¿No son personas? Personas que me aceptan tal y como soy, que me quieren y me aman, de otra forma.

No es que haya tenido exclusivamente novixs horribles, es que es el concepto del amor el que nos convierte en desdichados. La necesidad de encontrar a la persona perfecta (media naranja), es imposible de cumplir, ya que no existe, la perfección evoluciona y cambia del mismo modo que cambia nuestra mente. O ese afán porque el amor verdadero dure para siempre cuando no es más que un eufemismo de la pasión inicial. ¿Y qué ocurre cuando nos damos de bruces de la realidad y se produce la decepción de darnos cuenta de que nos estábamos engañando? Infelicidad, que sumada a la gran dependencia del amor y a la importancia que se le otorga en la sociedad, nos lleva a un sentimiento de fracaso. Y dolor. Y el problema no son esas personas, ni somos nosotros: es que el concepto que se ha construido no es ni estable ni sostenible en el tiempo.

Lo peor de todo, es que esta frustración y desdicha provocada por el fracaso en un concepto de amor (que no existe), no consigue unirnos más y hacerle frente, darnos cuenta de que hemos estado viviendo en una gran mentira. No. Fomenta la guerra de sexos y aún hoy en día tenemos que estar leyendo artículos como el famoso de La loca del coño. Sus autores se sentirán muy orgullosos y elocuentes pero derrocha misoginia y machismo con clichés sobre mujeres supuestamente “locas”, por no ser sumisas (aunque tengo que decir que el comentario que más me saca de quicio es el de que dicha mujer no distingue entre un disco duro externo y una máscara de pestañas, totalmente gratuito). Y lo peor es que inicialmente en el artículo, estos dos escritorzuelos manifiestan que lo han edulcorado para no ser tachados de machistas. Mueren 7 mujeres en 4 días en el Estado Español, pero el problema son las locas del coño que pueden arruinar el ego de uno de cada cuatro modernos de Malasaña (no os creéis ni vosotros que esa referencia a Chamberí es al azar). Menuda desgracia, espero que no vuelvan a ligar en su vida (y que se les atragante el Gin Tonic).

Sin embargo, de verdad, montaría una fiesta si este tipo de artículos sólo apareciesen en revistas como GQ, destinadas a público masculino neoliberal y superficial. Las revistas supuestamente destinadas a público femenino están llenas de artículos de consejos para ligar, o adelgazar para ligar más, o hacer ejercicio para ligar más, o comer para ligar más o lacas de uñas para ligar más, pero además rebosan sexismo y guerra de sexos: están llenas de generalizaciones sobre la promiscuidad de los hombres, lo mucho que nos duele y lo recatadas que debemos ser. Os dejo un artículo que no tiene deperdicio, y cito:

La psicóloga Nuria Martín lo explica: “Actuar como los hombres es un error que se da cada vez más en las mujeres, que empiezan a comportarse de forma promiscua y masculina, lo que crea una gran confusión a ellos y a sí mismas”. ¿Su consejo? “Ser femenina te ayudará no solo a tener mejor autoestima, sino que además te hará más atractiva a los ojos de los hombres”. O, como lleva años suplicándote tu madre, “por lo que más quieras, hija, arréglate que vas hecha un adefesio”.

Ole, ole, ole. Menudo esfuerzo por lograr un amor que te hará dejarlo todo, y cuando digo todo es tu independencia, tu estabilidad, tus aficiones y tu crecimiento personal.

(Desde aquí quiero saludar y agradecer a mi amiga E. por la fuente y las risas juntas).

Tenemos que construir una nueva forma de querernos más igualitaria, menos egoísta e individualista y evolutiva, tenemos que desaprender las relaciones afectivas tales y cómo las hemos aprendido, asimilar mejor el rechazo y destruir los roles de género asignados en el amor. ¡Por supuesto que quiero querer! ¡Y quiero! ¡Y creo en los equipos y en proyectos comunes! Sólo en comunidades con mayor afecto, respeto, involucración, cariño y crecimiento personal, podremos conseguir que el amor valga la alegría y no la pena.

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